martes, 29 de junio de 2010
viren de acá
Eso =)
domingo, 27 de septiembre de 2009
El problema no son "los huevos".
En mi último viaje a Buenos Aires (que además es el primero) me compré, entre otros, el que actualmente está siendo mi libro de cabecera. Se llama “Futbologías: Fútbol, identidad y violencia en América Latina”, fue editado por CLACSO el año 2003, y consiste en una compilación de artículos de cientistas sociales de toda América Latina respecto del fútbol en sus múltiples dimensiones como fenómeno social en las diversas partes de la región.
Todo esto, además de que cuando leo algo interesante me gusta comentarlo, lo pongo porque sirve mucho para ilustrar la situación actual de Colo Colo. Yendo directamente al grano, lo que quiero decir es que rechazo rotundamente todas las explicaciones ancladas en que “los weones son pajeros y no mojan la camiseta”. Son explicaciones absolutamente psicologicistas, generalmente provinientes de gente que jamás ha visto un partido entero del Cacique este año. Son reflejo de lo que es Chile, como decía un amigo mío en su blog, “un país con una confianza enorme en weás mágicas, motivacionales, sicológicas, es decir, no modernas, tradicionales, etc., el típico “poner huevos”. O sea, nada intelectual, todo es pulsión, “improvisación” como dice el mismo Bielsa”.
Pero lo principal, es que simplemente no son ciertas. Y al imponerse tanto en el discurso de cierto sector del periodismo, terminan por esconder que al final el factor fundamental ha sido la ausencia más absoluta de claridad desde el banco (por eso la referencia al texto del uruguayo), un problema que viene desde Astengo en adelante. Porque de Borghi se podrán decir muchas cosas, pero al menos tenía claro qué era lo que esperaba de cada jugador y del equipo en conjunto, tenía un esquema claro y fijo que no andaba cambiando partido a partido, los jugadores jugaban en los puestos que les corresponden y no andaba inventando tonteras, en definitiva, todo un conjunto de factores que hacen que los jugadores, llegado el Domingo, tengan claro cada uno lo que tiene que hacer, y exista poco espacio para “arrancadas de tarros”. Tampoco se puede olvidar que el Polaco Dabrowski fracasó con la misma generación de jugadores (argumento que suele usarse para subvalorar al Bichi, que con esos jugadores cualquiera salía campeón), salvo Chupete y Vidal, este último juvenil promovido al primer equipo por el mismo Borghi.
En definitiva, el gran problema de sobrevalorar los “huevos”, específicamente la falta de ellos, como factor explicativo del mal momento del Cacique, no tiene ningún correlato con la realidad y más encima encubre que llevamos tres técnicos seguidos que nunca supieron lo que querían, nunca supieron si jugar con 3 o con 4 atrás, con dos volantes de salida o con uno, con laterales subiendo o más contenidos, con qué características, y así un largo etc.
Mingo Salcedo es un ejemplo muy ilustrativo. Extremadamente torpe con la pelota en los pies, pero un jugador con un corazón que no le cabe en el pecho, que las corre todas y mete la pierna siempre. Con Borghi tenía su función clarita, un libreto bien aprendido, que ejecutaba todos los fines de semana (marcar como tapón por la izquierda, y cada tanto desbordar con la ayuda del 10 de turno). Con Astengo, Barticciotto y Tocalli, uno de repente lo ve queriendo pasarse rivales en mitad de cancha, pateando de distancia, y obviamente, dada su poca habilidad, haciéndolo mal.
¿Es culpa de Salcedo eso? No. El caso de Salcedo es un síntoma, y una consecuencia lógica de un equipo que es presa de la más absoluta anomia. A los que más les duele perder, se la juegan con todo, y buscan siempre la aventura personal. En Colo Colo hoy prácticamente todos corren un montón, pero siempre buscando la aventura personal. Desde el fin de la era Borghi que no existe ningún director de orquesta que conduzca una aventura colectiva que permita contribuir el voluntarismo de los jugadores en un aporte hacia algo mayor. Y así es como uno ve a Miralles corriendo como perrito nuevo y queriendo pasarse hasta al gato, a Paredes definiendo ansioso y mal, a Millar estorbando al compañero que quiere pegarle al arco (en el partido con Ñublense eso pasó por lo menos unas tres veces), los jugadores amontonados arriba estorbándose, sin funciones claras, sin tareas asignadas. Y así un largo etc., como consecuencia de la falta de conducción.
Desde que terminó la era Borghi, no hubo nadie que sentara a Jara y le dijera que no era Elías Figueroa, que cuando la quitara se la pasara a alguien adelante suyo o la reventara pero que no empezara a tratar de querer ser hábil cuando no lo es (nos habríamos ahorrado muchos goles provocados por su culpa). Hoy no hay nadie que le diga a Salcedo que tiene que correr, quitar, y entregársela a alguien que sepa. A los centrales nadie les dice que la trampa del offside es un truco obsoleto y que requiere un nivel de fiato de por lo menos varios años. A Miralles, Paredes y Bogado nadie les dice que los de blanco son compañeros suyos y que existe la opción de dar pases.
PD: Curiosamente, uno de los pocos que realmente se merece todas las críticas del universo por malo, pecho frío, intrascendente, jugar siempre para atrás, etc., no las recibe lo suficiente. Me refiero a Cereceda. Lo curioso es que, así y todo, en la Selección, si bien mantiene esos vicios, es bastante menos impresentable y a veces hasta aporta. Lo que confirma la enorme diferencia que hay entre tener una conducción con las ideas claras y un monigote que vive dando palos de ciego.
jueves, 27 de agosto de 2009
Rie
Y de los que intentamos generar algún mecanismo que vea satisfecho el interés general, y no a un par de individualidades respecto de otras, independiente de si lo logremos o no... de esos el mundo no se acordará. Al final se acordarán del que carreteó más, y para la gente como uno pesará más cualquier yayita mínima por sobre las cosas que, bien o mal, uno intenta hacer. Nada nuevo bajo el sol, pero es penca.
Entrar a Sociales es cada día más parecido a ser besado por un dementor (remítase a Harry Potter). Pero hay un Patronus (ídem). Para traducirlo a la vida real, hay un oasis, gente linda que me hace feliz y me devuelve el alma que esta Facultad de mierda me quita con tanta facilidad. Un homenaje a ellos, recordando un momento feliz del día de hoy, donde con una simple cancioncita sentí su "tranquilo, estamos ahí".
Gracias niños. Los quiero mucho.
(me bajó la mamonería, y qué)
Rie - Cucho Lambretta
-Hoy vi un perro un perro hambriento en la calle muriendo de frió y con garrapatas, a su lado, un abuelito que ya estaba ancianito y en la radio vi una guerra de marcianos y cavernícolas... Cuando venía en la locomoción colectiva, un pequeño me preguntó... ¿Qué podemos hacer con este mundo tan cruel?
Y yo le dije...
Ríe, ríe, aunque tengas pena, solo
Ríe, ríe, ríe como hiena, solo
Ríe, ríe, aunque no se pueda, solo
Ríe, ríe, lleno de problemas, agobiado y sin hogar.
Porque en la vida siempre vas a fracasar
Porque mañana también estará nublado
Porque no eres musculoso, porque no eres talentoso
En la vida siempre vas a fracasar.
Ríe, ríe, si te están pegando, solo
Ríe, ríe, ríe como un monstruo, solo
Ríe, ríe, aunque ya estés muerto, solo
Ríe, ríe, ríete con alegriosidad.
domingo, 9 de agosto de 2009
Que vibre, compañeros...
Hay varias cosas que le cambiaría si lo reescribiera actualmente. Pero creo que lo central igual está. El agradecimiento al colegio va más allá de tratarlo como un barrabrava trata a su equipo. Ni el chovinismo irreflexivo y acrítico, ni el odio malagradecido son buenos caminos para relacionarse con el Instituto. Saber que muchas de las grandes mediocridades que veo en mi Facultad, de una academia (en su mayoría) clientelista y diletante, mezclada con estudiantes que esconden sus orígenes y buscan escindirse patéticamente en un imaginario que entremezcla pobrezas de todas las épocas y lugares, menos del Chile actual. Es cierto que a veces el Nacional forma personas más competitivas de lo deseable; pero puedo decir con tranquilidad que, ese tipo de cosas que nombré anteriormente, se veían poco y nada en el Instituto. Y eso se agradece. Se agradece que, en general, se forma una comunidad consciente de lo que es, que sabe que (como dice un amigo muy seco) los aventajados no son aventajados por ser inteligentes, sino justamente lo contrario: son inteligentes por ser aventajados.Va entonces mi humilde homenaje al colegio que me vio egresar, en sus 196 años, recordando además uno de los momentos más lindos y emocionantes de toda mi vida. Como dije anteriormente, hay varias cosas que le cambiaría, pero no el espíritu ni el agradecimiento al colegio.
Discurso de despedida, Licenciatura 2005
Autoridades presentes; Sr. Rector del Instituto Nacional, don Omar Letelier Ramírez [lease con abucheo generalizado del respetable]; Sres. Profesores; Sres. Padres y Apoderados de 4ºs de E. Media; y, principalmente, compañeros todos:
Hoy es un día de fiesta para Chile. Hoy nuestro país se viste con sus mejores galas para recibir a una nueva generación de institutanos que emergen a la dura batalla de la vida, desde este viejo y querido edificio de Arturo Prat 33. Su fachada es gris y resquebrajada pero su interior es multicolor y luminoso, indestructible e imperecedero.
En este momento surgen, inevitables, como ráfagas, los recuerdos individuales y colectivos de esta, nuestra Generación 2005, que evoca sus vivencias en estas aulas y en estos patios. Revivimos en nuestra mente los partidos en Calama con pelotas de plástico, las bromas y apodos en los cursos, los amigos y los no tanto, las anécdotas con profesores, la convivencia a veces grata y a veces difícil con los inspectores, auxiliares y funcionarios; en fin, tantos momentos vividos que se agolpan en nuestra mente y se funden en dos palabras: Instituto Nacional.
Pero, más allá de aquello, dos son las preguntas que afloran en este último momento en que humanistas, matemáticos y biólogos nos vemos las caras como alumnos y como compañeros, porque, entre paréntesis, institutanos seremos siempre, aunque suena a cliché, para bien o para mal, los institutanos nos reconocemos como miembros de una misma familia, a través de una experiencia sensorial cuya impronta va más allá de las palabras.
Compañeros: Hoy pasamos del umbral de la vida escolar a la categoría de ex-alumnos. ¿Qué tipo de ex estudiantes debemos ser? El que aquí vivimos: auténticos y responsables, tolerantes y solidarios. Jamás debemos caer en el extremo del llamado “chovinista institutano”. ¿Quién es él? Es aquel cuyo “amor” al colegio resulta a la larga ser pernicioso, pues se caracteriza por dos actitudes erróneas que a la larga resultan fatales:
En primer lugar, sentirse parte de una suerte de “elite”, que mira en menos al resto que lo rodea y se escuda en su insignia ante las dificultades, generando en su entorno social el infamante paradigma del institutano soberbio, egocéntrico y pseudo intelectual, el cual, seamos sinceros, todos sabemos que lamentablemente existe, y por lo mismo urge que sepamos modificarlo.
En segundo lugar, aferrarse a la nostalgia en forma tan obsesiva que se termina por justificar lo injustificable; no tener un compromiso decidido con el colegio y sus tentativas de cambios positivos ya sea en infraestructura o en ámbitos más humanos y pedagógicos, bajo aquel espurio razonamiento “es lo que me tocó sufrir, las nuevas generaciones también deben sufrirlo”.
Debemos querer y defender a nuestro colegio, pero este cariño debe manifestarse en forma auténtica y correcta; no sólo en el brindis de honor en cada nuevo Aniversario el día 10 de Agosto, sino en una actitud y presencia continua como manifestación de agradecimiento permanente por las herramientas que esta institución nos ha dado para configurar en forma autónoma nuestros valores, nuestro criterio y nuestra personalidad.
¿Cómo lograrlo? Justamente actuando en forma opuesta al chovinista, es decir, enalteciendo al Instituto en nuestra vida cotidiana con una inquietud cultural e intelectual constante, acompañada de una actitud deferente e integradora y, además, manteniéndonos atentos a nuestro colegio, abiertos a su progreso, apoyando y promoviendo iniciativas positivas, criticando, cuando sea necesario, todo lo dudoso, negativo e inconsistente, siempre con el fin supremo de engrandecer al Instituto Nacional.
Hace algunos momentos hablé del colegio como una fachada gris con interior multicolor. Es así, justamente, multicolor y heterogéneo, como la gente que lo compone: desde el pobre hasta el rico, desde la izquierda hasta la derecha, desde el católico hasta el ateo. Vivimos todos el fenómeno casi único de la coexistencia fraternal, con un vínculo emocional ajeno a cualquier tipo de sectarismo que no sea el de la empatía simple, sin ningún prejuicio socio-cultural, en el marco de una auténtica tolerancia. Esa es la gran virtud de nuestra institución, no los puntajes nacionales ni otros datos estadísticos que, al fin y al cabo, se los lleva el viento. La gran cualidad del Instituto Nacional es ser una verdadera escuela de vida, donde por sobre todas las cosas es lo empírico lo que nos permite crecer, sobrellevar las dificultades y salir adelante. Lamentablemente este maravilloso fenómeno social que se da en nuestro colegio es cada vez menos frecuente en la sociedad contemporánea, tan estratificada y discriminatoria.
Surge entonces la segunda pregunta ineludible: ¿Está bien que el Instituto Nacional sea una curiosa y única excepción dentro de la educación chilena en general? Si bien esta situación a muchos llena de orgullo, lo cierto es que ad portas del bicentenario nacional y de nuestro colegio, no puede ni debe continuar así. Este hecho debe llevarnos a una reflexión profunda, de preocupación por la regla funesta que dicha excepción está confirmando, y sobretodo motivar un afán incansable por cambiarla. No es que debamos estancarnos, pero algo debemos tener claro: la historia nos llama a ser gestores de un cambio y un progreso verdaderos, ciudadanos que engrandezcan la nación. Tenemos la obligación de ir a la vanguardia, de ser transformadores de la realidad y no simples reproductores de esta, adaptados como autómatas a los paradigmas de la sociedad actual. Nuestra meta es ser constructores de un Chile y un mundo más justo, y esta transformación parte insoslayablemente por la educación.
Es deber fundamental de nosotros, nueva generación de institutanos que hoy emergemos de la seguridad de las aulas para enfrentarnos a la incertidumbre de la vida, actuar siempre en forma constructiva para lograr este tan necesario cambio de nuestro país y del mundo actual. Solo así veremos cumplido el ideal fundacional que nos legó Fray Camilo Henríquez: “El gran fin del Instituto es dar a la Patria ciudadanos que la defiendan, la dirijan, la hagan florecer y le den honor”.
Muchas gracias
lunes, 3 de agosto de 2009
Onda retro
No se muy bien qué es lo que busco con eso. Puede haber algo de desarraigo con los tiempos actuales de mi vida, tal como grandes masas de gente recurren a la cultura retro (como decía un amigo, viejas canciones se convierten en nuevos ringtones). Pero cuesta realmente pensar qué es lo que ando buscando, qué cosa tenía antiguamente y que desde el 2005 en adelante perdí. El 2005 no era menos tímido, no era menos culposo-vaya-a-saber-por-qué, no era menos atarantado socialmente, no era menos introvertido (y tampoco era menos penca para ocultarlo).
En el Instituto tenía amigos y de los otros, igual que ahora, pero hoy día mi contacto con el 99,9% de la gente que conocí en el colegio se limita a tenerlos en Facebook. Y tampoco es que me invada la nostalgia. Lo mejor del Nacional, al menos lo mejor que he conocido humanamente que ha salido de ahí, lo conocí fuera de él, ya en la Facultad o en otros espacios. Si con el tiempo me he puesto cada vez más añorador del colegio es por ellos, no porque objetivamente quisiera volver a cuarto medio, con todo el cahuineo, la intriga en que más de alguna vez me vi envuelto.
Tampoco ha cambiado mucho el estructural desequilibrio entre dar y recibir. Ese pedacito de alma que entregué en su momento hoy está por ahí, tirado en la losa del Aeropuerto o en ese edificio viejo de la Villa Olímpica por el que cada vez que paso en micro cuando voy por Grecia no puedo evitar quedarme pegado mirando. Como que eso me hizo más resiliente. Es como los horrocruxes de Voldemort (en Harry Potter), que a medida que los iba construyendo y repartiendo por todas partes, se hacía cada vez menos humano. Esa resiliencia me desconcierta a veces, es un mecanismo de defensa que no defiende a nadie, es como una toma de Facultad de 60 días de la que nadie se entera. Toma que tuve que hacer hace no tanto cuando las consecuencias de no comérmela calladito hubiesen sido devastadoras, en un esfuerzo anónimo del que nadie tuvo ni tendrá idea jamás.
No ha cambiado ese desequilibrio. Pero quizá antes me preocupaba menos. O no me daba cuenta de él, o lo asumía como dado, y buscaba satisfacciones en el acto mismo de dar. Cada vez me cuesta más. La cuenta que se ha acumulado es importante. Y cada vez tengo más ganas de cobrarla. Y espero sinceramente dejar de ser el campeón mundial de la resistencia ineficaz, como lapidaria pero certeramente me caracterizaran hace no tanto.
Pretender recoger pedacitos de alma perdidos en un correo del año del pico es bien complicado. Porque ahí no están. Y se que no están, entonces no se por qué mierda leo tanta tontera. Quizá es simplemente entretenido. Quizá es algo así como revisar los cuadernos de kinder y cagarse de la risa con las pintadas afuera de los márgenes o las letras A con una caligrafía del demonio (cosa que no ha cambiado tanto por lo demás).
En fin, me voy a dormir de una vez por todas y me dejo de hablar weás.
sábado, 4 de julio de 2009
Como tan penca
El orgullo es un maldito democratacristiano. Así lo ha sido en mi vida hace rato por lo menos. Es una weá que solo sirve para contener, y contener, y contener. Claro, por un lado contiene cosas muchísimo peores, como podría ser simplemente mandar todo a la recalcada concha de su madre y hacer quizás que locura. Pero también contiene casi cualquier posibilidad de tomar decisiones, por un temor extraño pero inevitable a que fracasen y terminen conmigo siendo el hazmerreir. Temor que tampoco es tan extraño, porque algo de anclaje empírico tiene.
Tirarme a la piscina, decirle las cosas como son a todo aquel para el que yo he estado y nunca ha estado para mi. A los que están ahí para pedir, pero cuando uno necesita, una palabra de aliento, una sonrisa, cualquier gesto que denote preocupación, o por lo menos que indique que saben que uno existe, no pasa naranja. Y uno como es weón, otorga, concede, esperando ver si esta vez va a ser suficiente para que todo cambie.
Eso si, no hay nada nuevo en eso, no se inventó en mi curso, en mi Facultad, ni en ninguna otra parte de mi entorno social, está ahí de siempre, donde quiera que uno vaya. El problema, parafraseando al viejo Benedetti (Síndrome), es que antes no me fijaba en esos detalles. Ese tipo de cosas suelen dar lo mismo cuando uno está relativamente firme en la suya, con proyectos claros y los cojones para impulsarlos.
Pero cuando no es ese el caso, ahí es donde entra mi maldita personalidad extraña, que rumiará constantemente a partir de la filosofía del toma y daca, del pensar "si yo le he dado cosas a fulanito, mínimo que fulanito no digo que me rinda pleitesía, pero tampoco que sea una mierda", pero que no tendrá la personalidad de ir donde Fulanito y decirle estas cosas. Por miedo a hacer el ridículo, por imaginar un qué dirán diciendo "como tan penca este weón para..."
Es cierto que el orgullo, como dije antes, también contiene cosas mucho peores. El problema es cuando el orgullo es lo único, o por lo menos lo principal, que las contiene. Cuando no es la convicción, la tranquilidad, el ver que las cosas avanzan, o una esperanza de que podrían hacerlo. Es el orgullo, nuevamente el miedo al "cómo tan penca este weón para...".
Cada vez siento más eso. Y me preocupa. Parezco un viejo de 60 años que vio fracasar todos los proyectos de su vida. Ahí es donde deberían estar esos a los que le he tendido la mano una y otra vez para decirme que pare de webear. Ahí es donde no aparecen, ya sea porque se ponen a pelar, o simplemente (la mayoría de los casos) porque de frentón no existo. Y ahí es donde me taimo a pito de nada, cuando me pongo a pensar estas cosas. Cosa que, lamentablemente, hago harto, porque tengo cierta tendencia a andar todo el día por la vida pensando weás, como me sacó la foto muy bien una amiga el otro día (por eso a veces parezco un loquito hablando solo, pero no me importa).
Podría pensarse que escribir esto es una forma de vencer ese orgullo. Pero nadie se mete a esta weá así que da lo mismo.
Ya, intentaré producir alguna mierda de trabajo ahora.
martes, 19 de mayo de 2009
Pasando el dato
Para nadie que conozca el Departamento de Sociología de la Chile es un misterio que la elección de los profesores que se contratan, se suben a planta, se les quitan contratas, se les pega la PLR, o lo que sea, se define por cualquier cosa menos por una orientación académica seria, que nuestras autoridades hagan explícita, transparente, y sobre la cual se pueda siquiera pensar en discutir algo relevante. El clientelismo, el teje-maneje, el cumplimiento cortoplacista de indicadores, todas esas cosas son más importantes. Podrían venir Habermas, Luhmann y Bourdieu juntitos de la mano a hacer clases y les dirían que no, con excusas tan patéticas como "es que tienen que hacer jornada completa, si no, cagaron".
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